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viernes, diciembre 11, 2009

Herta Müller, la prima rumana de Franz Kafka

Nancy Audilmar Moreno
Pasante de Letras, ULA

La escritora Herta Müller recibió ayer jueves en Estocolmo (Suecia) el Premio Nobel de Literatura correspondiente a este año. Herta Müller nació en Rumania (1953), dentro de una pequeña comunidad de suabos de lengua alemana, y fue víctima de la censura comunista del régimen de Ceausescu, logrando salir del país y estableciéndose en Alemania. Su primer libro de relatos, En tierras bajas (1982), fue publicado, parcialmente, en Rumania, y por su temática crítica se le prohibió a la autora seguir publicando en su país.

El estilo de la escritora, recién galardonada con el premio literario más importante del planeta, es directo, desnudo y seco, y al leerla nos queda en el paladar un regusto a arena. No es de extrañar que los críticos hayan encontrado similitudes estilísticas e incluso temáticas entre la obra de la escritora rumana y el gran narrador mexicano Juan Rulfo.

De Herta Müller se conocen en español dos de sus obras: la ya citada En tierras bajas y El hombre es un gran faisán en el mundo (1986). Esta última, una novela fragmentaria, es una extraordinaria puesta en escena del drama de una pequeña comunidad de alemanes pobres que se han quedado atrapados en Rumania, víctimas del despotismo que ellos no han elegido. Y muestra de forma palmaria y cruda cómo un régimen totalitario desquicia todas las formas de relaciones humanas en una comunidad y en un país. De este estupendo relato ofrecemos a los lectores de “El Club de la Serpiente” un aleccionador capítulo.






EL GALLO CIEGO
La mujer de Windisch se ha sentado al borde de la cama. «Hoy día vinieron dos hombres», dice. «Contaron las gallinas y anotaron el número. Luego cogieron ocho y se las llevaron. Las encerraron en jaulas de tela metálica. El remolque del tractor se llenó de gallinas.» La mujer de Widisch suspira. «Tuve que firmar», dice. «También firmé por cuatrocientos kilos de maíz y cien kilos de patatas. Dijeron que vendrían más tarde por ellos. Les di en el acto los cincuenta huevos. Se metieron en el huerto con sus botas de goma. Vieron el trébol frente al granero. Dijeron que el año próximo tendremos que plantar allí remolachas azucareras».

Windisch levanta la tapa de la olla. « ¿Y los vecinos?», pregunta. «A ellos no los visitaron», responde la mujer de Windisch, que se mete en la cama y se tapa. «Dijeron que los vecinos tienen ocho niños pequeños y nosotros una hija que ya se gana la vida.»

En la olla hay sangre e hígado. «Tuve que matar al gallo blanco», dice la mujer de Windisch. «Los dos hombres recorrieron el corral de arriba abajo y el animal se asustó. Se precipitó aleteando contra la valla y se hirió en la cabeza. Cuando los tipos se marcharon, ya estaba ciego.»

Anillos de cebolla flotan en la olla sobre ojos de aceite. «Y tú misma dijiste que conservaríamos a nuestro gran gallo blanco para tener grandes gallinas blancas el año próximo», dice Windisch. «Y tú dijiste que todo lo blanco es muy sensible. Y tenías razón», dice la mujer de Windisch.

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