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viernes, enero 15, 2010

A propósito del Día del Maestro

El 15 de enero se celebra en Venezuela el Día del Maestro, el cual no queremos tomarlo como el Día de un empleado público, sino como el de un responsable en aplicar un modelo educativo para formar las generaciones de la sociedad venezolana. Por ello, no sólo es un día de descanso y júbilo para el maestro, sino de reflexión para la sociedad en general sobre nuestra realidad educativa y social.
Un estímulo para abordar dicha reflexión, puede ser el film La Clase, del director francés Laurente de Cantet. De ahí que felicitemos a todos los maestros recomendando, con la pluma de Fernanda Solórzano en
la edición de Agosto de Letras libres, una película que represente algunos de los problemas que afronta la comunidad educativa en el mundo.
La Clase, de Laurent Cantet
Por Fernanda Solórzano

De la clásica Al maestro, con cariño (James Clavell, 1967) a la ridícula Mentes peligrosas (John N. Smith, 1995), el género conocido como “drama de salón de clases” ha intentado ser una metáfora de los choques raciales, ideológicos y generacionales que, a una escala más grande, conforman esa sociedad. Ya se trate de un profesor negro (Sidney Poitier) en una escuela de majaderos blancos, o de una profesora blanca (Michelle Pfeiffer) en una escuela de vándalos negros, las fábulas de superación escolar usan de fondo las crisis en turno para luego resolver todo con un discurso idealista, de esos que en la realidad no bastan pero que hacen a la gente a llorar. La fórmula se repite: el maestro soporta insolencias, demuestra sabiduría, el grupo baja la guardia y aprende la verdadera lección: sea cual sea la materia, todo lo que se necesita es amor.


La clase, de Laurent Cantet, es una afortunada excepción. Basada en las memorias Entre les murs, de François Bégaudeau, describe las dinámicas dentro de un salón de clases, entre alumnos de distintas etnias, a lo largo de un año escolar. En la Francia de la vida real no pasa un día en que Nicolas Sarkozy no ponga sobre la mesa temas relacionados con la creación de una “nueva identidad”. El discurso se dirige no al francés sino al extranjero: habrá de eliminar todo signo visible de identidad cultural, deberá aprender el idioma y adoptar las costumbres francesas, y demostrar habilidades que lo hagan merecedor de una residencia legal.

Ganadora de la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes, La clase aborda el problema con la crudeza que el caso merece. A contracorriente del género, el mundo escolar que describe Cantet es rudo y anticlimático, frustrante y desesperanzado. Todo en el mejor sentido, sobre todo cuando uno imagina las formas tradicionales de llegar a una “solución”: el profesor reconoce la riqueza del multiculturalismo (y sale un hombre transformado) y/o los estudiantes reconocen las bondades del proyecto francés (y salen niños transformados). Nada de esto sucede en La clase. Se agradece, por principio, un apego elemental al principio de realidad.





Más allá de su honestidad, la ausencia de conclusiones fáciles es un rasgo de salud en medio de la bipolaridad con la que el cine francés aborda su cuestión social. Mientras películas como El odio (95), de Mathieu Kassovitz, describen al estado francés como abusivo y racista, títulos como Amélie (Jean-Pierre Jeunet, 2001) seducen al mundo con visiones ultraconservadoras de un país de valores y tradiciones añejas y libre, por así decirlo, de negritos en el arroz.



En La clase no sólo hay negros sino árabes, asiáticos y uno que otro parisino. Al frente de todos ellos, el maestro de lengua francesa (Bégaudeau, autor del libro y antes profesor de escuela) hace lo imposible por enseñar a su grupo las sutilezas del idioma. Todos saben –incluido él– que en el mundo que los espera pocas cosas son tan inútiles como el nombre de una conjugación verbal. Basta con que aprendan a darse a entender en francés. Al fondo de los insultos, sarcasmos y jaloneos, yace una verdad brutal: su paso por esa escuela es mera formalidad. Su futuro no va a depender de que distingan entre “subjuntivo” y “pretérito” sino de su disposición a ocupar huecos laborales, y a ser útiles a un país huésped que, a diferencia de ellos, tiene poco que perder.

Nada de esto la convierte en una película cínica. La ira de los alumnos tiene su contraparte en el desquiciamiento del profesor, y todo es tan verosímil que acaba por crearse un clima emocional. Quizá lo mejor de La clase sea el trabajo de caracterización: todos los personajes son interpretados por alumnos y maestros reales, provenientes de la misma escuela, que conservan sus nombres verdaderos pero juegan un rol ficticio. El director trabajó con ellos durante un año antes de filmar.

El último día del curso alumnos y profesores juegan un partido de futbol. Más que una reconciliación, es la prueba de que se ha cumplido el verdadero objetivo del programa escolar: encontrar formas de convivencia, y entender cómo encajan sus piezas en el gran rompecabezas social.

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