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viernes, diciembre 11, 2009

Las ruinas del pueblo que se mudó dos veces

Una crónica de José Alexander Bustamante-Molina





Un señor a caballo salía detrás de una casa y con algunos gritos le pedimos permiso para bajar a la ruinas del pueblo colonial de Mucuño. Asintió con una mano, y sigilosamente bajamos por un camino de recuas. Un perro salió ladrando, al que espantamos con el amague de lanzarle una piedra. Para ser más gráfico, parecía un cuento de Juan Rulfo, era la estética del relato Nos han dado la tierra, la precariedad total, la Venezuela profunda o mejor, la Mérida profunda, parafraseando al mexicano Bonfil Batalla.

Las ruinas de Mucuño las conforman dos terrazas, muchas paredes se mantienen en pie soportando los vientos y el tiempo. Las vacas las tienen como corrales a la espera de una política turística que retome los legados históricos – que al parecer nunca llegará-, al menos para intentar hacer lo que en otros países llaman turismo cultural.

Mucuño fue un pueblo colonial y no de origen prehispánico. La dicotomía del nombre indígena fue incorporada al topos de la arquitectura de la colonia. Cosa habitual en casi todos los pueblos andinos.





Cuentan las historias locales que los antiguos pobladores se vieron obligados a mudarse primero a una de las terrazas, a pocos metros más arriba, hoy en ruinas también. Luego, a mediados del siglo XIX, más que mudanza, la terraza fue abandonada por el pueblo actual de Acequias, debido a la falta de agua producto de movimientos telúricos que desviaron los causes, lo que imposibilitó la habitabilidad del lugar. Aún pueden verse en las montañas las cicatrices de esas historias, como un testimonio de esa naturaleza mítica.

Basilio Vicente de Oviedo, cronista colombiano, visitó la zona en el siglo XVIII. En sus breves relaciones describe -como Carrió de la Vandera en el Lazarillo de Ciegos Caminantes (1775)- los rasgos etnológicos desde el censo de las poblaciones de pueblos conocidos como Acequias, El Morro, San Juan, La Mesa, Pueblo Llano, Tabay, Timotes, Chachopo, Sají (¿Jají?), Chiguará. Menciona la hacienda de los Estanques (hoy Estanques) y el fértil valle de Aricagua (ruta colonial para bajar al llano en busca de El Dorado y el Mar del Sur).

Basilio Vicente de Oviedo dedica un breve párrafo al desaparecido Mucuño, población a la que visitó en su condición de supervisor de la “encomienda colonial”. Según las palabras del viajero cronista publicadas en Testimonios merideños (Carlos Cesar Rodríguez. 1996), Mucuño era un curato “con iglesia completamente ornamentada, está en el Valle de Acequias, tierra templada o fría y sana; produce trigo, maíz, etc. y tiene bastantes ganados. Tendrá 100 indios y 40 vecinos blancos. Rentará a su párroco 500 pesos, y es de cuarto orden” (98-99). Acequias para entonces tenía 100 indios y 50 vecinos, casi como hoy día.

De la iglesia, de la que Basilio Vicente de Oviedo dice que estaba completamente ornamentada para la época, aún se conservan muchas paredes de tapia de más de cinco metros de altura y una profundidad de unos veinte metros o más, poco importan las dimensiones cuando se habla de ruinas. Importa, en cambio, decir que buena parte del legado histórico lo tenemos en la ruinas de Mucuño, custodiado por algunas vacas, protegido por alambres de púa, un perro guardián y los truenos de los dioses.

II

Llegar a las ruinas de Mucuño requiere de un carro de esos que llaman 4x4, como si viajar fuera cosa de matemáticas y no de placer. La ruta más conocida es subir desde las Gonzales vía Tierra Negra en la entrada sur de Mérida. Nuestro viaje, en bicicleta, fue desde el Plan del Morro, bajando al Morro, descendiendo al paso de Nuestra Señora, subiendo hasta las ruinas y luego Acequias, unos 80 kilómetros (la mitad en asfalto o cemento), y aproximadamente seis horas de viaje en las vías actuales. En términos de turismo cultural, llegar a Mucuño representa un día de placer, de baños en el río, de transitar por desiertos.





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