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viernes, septiembre 25, 2009

Mariela Álvarez: La mujer que se espera

Mariela Álvarez. Caracas 1947. “Esta mujer que camina de una manera que recuerda al “Vitral de mujer sola” (Correo del corazón) de Yolanda Pantin (“Un solo empujón bastaría para destruirla, tan frágil es el armazón de huesos y el envoltorio de músculos. Es vulnerable, pero camina entre los demás con la espalda derecha, fijos los ojos en un punto y sabe bien que sus pasos no la llevan a ninguna parte: ahí está la fuerza”, p. 51); que al tenderse funda el mundo en su torno; que espera y, sobre todo, se espera; que asume disfraces monjiles proponiendo la liturgia blasfema del sexo; que rechaza eventualmente una maternidad que no la prolonga; que quiere morir vieja y de pie, constituye uno de los retratos más cabales, más hondos y conmovedores- en su despojamiento- de la condición femenina entre nosotros, sea- dejo al lector escoger- narrativa o poesía en prosa”* .


Julio Miranda



(Textos de anatomía comparada)

La mujer se sienta en sus propias rodillas. Ha concertado una cita con la belleza y espera a que ésta se manifieste para someterla a un juicio imparcial.

Durante mucho tiempo la había imaginado como a una lata vacía que uno puede patear sobre los adoquines sin que tropiece, sin que se devuelva.

La belleza había sido entonces eso: un impulso inicial y luego parábolas, ecuaciones, fricción, caída, inmovilidad.

Una nueva patadita con el otro pie, y otra vez la maquinaria del milagro puesta en funcionamiento.

Pero a partir de un momento dado, esa estética de calle mal iluminada que de pronto se enciende, había dejado de convencerla.

Por eso, sentada en sus propias rodillas, recta la columna, con todos sus olores y sonidos, la mujer se espera.







Ella busca por primera vez la fuerza
De lo masculino y concibe un hijo
I Ching


(Textos de anatomía comparada)


Como los profetas, como los idotas sagrados o los ciegos que abdicaron sus ojos ante alguna evidencia, cada tanto surge la mujer que se niega a parir.
Años de gravidez le han conferido una inequívoca condición esférica.
De pie, sobre sus piernas cortas y varicosas, ella permanece sola en medio de un círculo de hombres silenciosos que le arrojan alternativamente piedras.
Acepto convertirme en un arquetipo sin solución de continuidad, acepto soportar por siempre un peso cada vez más fuerte, acepto al dragón-trueno que me mastica desde adentro y que juega al eterno viajero a costa de mi propia sustancia, comprendo que mis senos no pueden dar más que leche subterránea, pero juro tapiar agujeros y no dejar que salga ni siquiera un vagido.
Enorme, global, saturada de sales que bullen en su vientre como una retorta, no tiene más oficio que estar atenta al latido del feto milenario que la habita como a un palacio en permanente fiesta.
Piedad esculpida en el hueco de su propia pelvis, madre sin necesidad de brazos para acunar a su producto siempre recién elaborado, la obstinada mujer no acepta la publicidad histórica que le atribuye dones luminosos y la conmina a verla por algo que cada vez le pertenecería menos.




En los vaciaderos de piedras, en las afueras de una ciudad que se construye y se destruye después de cada estación, la mujer arrojó un pesado esqueleto.
Era su sueño.
Al despertar quiso conocer la relación entre lo soñado y un sí misma desvaído que pretendía imponerse incluso sobre las circunstancias. Nada le pareció más adecuado que buscar la clave en sus propios huesos, colosales estructuras de aire y esponja reproducidos hasta el cansancio en los manuales de anatomía y en los grabados hechos para las festividades de la muerte.
Importó una guadaña, y vestida con una túnica tejida en telares vacíos, se sentó a esperar una respuesta.
Comprendió entonces que para ella el horror estaba en la desintegración, en el acelerado deshacerse de la carne, y que una vez pelado el hueso, brillante al sol, fosforescente en la noche, era posible alcanzar reposo.
Pudo así regresar, sin tener que recurrir a los sueños como medio, a esos espacios de piedra donde ya había estado antes.

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