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jueves, abril 29, 2010

LEER EL MUNDO

Por Víctor Bravo



En los inicios del siglo XXI, a veinticinco siglos del surgimiento del alfabeto griego, a casi quinientos años del inicio de la era “Gutenberg”, e inmersos en la era informática, afloran las preguntas iniciales: ¿Por qué se escribe? ¿Para quién se escribe? ¿Se lee? ¿Para qué se lee? Algunas de estas preguntas alimentan la reflexión de escritores de diferentes épocas como Flaubert o Maurice Blanchot: en demanda de esas preguntas parece haber muchas respuestas y ninguna. Si en Madame Bovary, Flaubert  nos muestra el drama de la subjetividad arrastrada por el hipnotismo de la lectura en la insensata y profundamente humana intuición, ya intensamente realizada por el Quijote, de unir ficción y realidad, en La tentación de San Antonio, “la primera obra literaria que se ubica solo y exclusivamente en un entorno de libros” (Blumenberg, 2000:39), trata de unir lo enciclopédico y lo bíblico, intento que continúa en Bouvard y Pecuchet, donde lo enciclopédico, la búsqueda del saber, la apetencia de conocimientos se revela de pronto como inútil. La demanda de un saber enciclopédico desde la marginalidad de los escribientes, nos revela la sobreabundancia de libros en un contexto donde la apetencia de conocimientos es una desmesura, un acto portentoso e inútil.

La literatura pareciera habitar esa zona entre el límite, firme y objetivo de la comunicación, y, en el otro extremo, el límite cenagoso y abismal del sin sentido. En esa zona elabora sus diagramas, sus aristas del estremecimiento, sus castillos transparentes, sus estallidos de asombros. Como el personaje de Joao Guimaraes Rosa, la literatura quiere habitar la tercera orilla del río;  y unas veces parece avanzar hacia la primera orilla, manifestándose a la vez como espejo y pregunta; y otras veces se acerca a la extrema orilla cenagosa,  entonces quiere reducirse al silencio o mostrarnos el insostenible vértigo del sin sentido. Desde este recorrido nos dice Flaubert que desearía escribir una novela sobre nada, o Blanchot hacer de la experiencia literaria la experiencia más profunda del ser.

Decía Luis Ferré (1969:78) que quien sea intensamente reflexivo tropezará con una valla continua de paradojas. Esa intensidad reflexiva es también el camino hacia el sin sentido. Quizás el porqué se escribe, más allá de las inmediatas razones de reconocimiento, narcisismo, para un lector, para la posteridad, etc., parece responder a la necesidad de representación de esa zona donde habita la literatura, que es también experiencia límite de la vida. Sin duda se escribe para un lector, y esa es la certeza del editor y de los estrategas del mercado del libro; sin embargo, tal como lo ha revelado la reflexión de Blanchot, en el acto íntimo de la escritura el escritor tendrá dificultades para responder claramente por qué y para quién se escribe. En ese instante, quizás el escritor intuye que escribe para algo más profundo, para algo que toca lo divino y lo siniestro a la vez. Es el instante de escribir para nadie y de nada, de labrar con la escritura un enigma irreductible, de escribir y destruir lo que se escribe, como vemos con escándalo en algunos dadaístas y en el mandato de Kafka  a Max Brod de la destrucción de sus papeles. Mandato, lo sabemos, no atendido pero que revela con contundencia la grieta del enigma irreductible del para qué y para quién se escribe.


El escritor de éxito, la lógica del mercado y la estadística responderán claramente a estas preguntas: el libro circula en el gran mercado pero no deja por ello, de arrastrar algunas contradicciones. La estadística nos habla de un descenso de la práctica de la lectura en el mundo. Después de las gloriosas décadas de los grandes lectores en el siglo XIX, la estadística siempre nos informa del descenso  alarmante del número de lectores. Pero ésta contradicción (producción de numerosos libros en contraste con la capacidad lectora o número de lectores) es consustancial con la imprenta, y no ha cesado de manifestarse. Así ya en 1477, Hierónimo Squarciafico, quien promovió la impresión de clásicos latinos, ya señalaba que “la abundancia de libros hace menos estudiosos a los hombres”, y a fines del siglo XVII cundía ya la alarma por la cantidad de libros impresos. Leibniz en 1680,  hablaba de “esa terrible masa de libros que continúa aumentando” y  “la infinita multitud de autores que pronto nos expondrá todos al peligro del olvido universal” (McLuhan, Era Gutenberg). En un bien documentado libro, Los demasiados libros, Gabriel Zaid nos describe la lógica o ilógica de esta contradicción; y la escritora Cristina Peri Rossi se quejaba recientemente, en un artículo, de las demasiadas novelas: “tengo la sensación de que todo se publica, todo es traducido, en una especie de frenesí editorial dirigido a unos pocos lectores”. Esa contradicción se revela observando el volumen de producción de libros en países como Francia y España y la desproporción del número de lectores. Al parecer la feroz dinámica del mercado en estos países donde hay garantía de una franja lectora, produce un volumen de libros que van al mercado, y si no hay, con relación a algunos títulos, respuesta de consumo, éstos van a la destrucción: se enciende de nuevo la hoguera de los libros.

¿Por qué leemos? Más allá de los imperativos pedagógicos, de educación o profesionales, el acto de lectura también es enigmático; parece responder a una apetencia inescrutable, quizás a punto de extinguirse según las cuentas de la estadística, como si fuese una silenciosa inmolación espiritual. ¿Es el libro hoy un objeto anacrónico? El debate sobre esta pregunta, en la fascinación o crítica de la era informática, no cesa. Es posible que el libro, que sobrevivió a incendios de la Biblioteca de Alejandría, a la furia del inquisidor, a la persecución de los tiranos, a los nuevos y efímeros dioses de la imagen televisiva, afirme, una vez más, la multiplicidad de mundos que habitan sus páginas, y sobreviva a la gran hoguera desde siglos encendida.   



Imágenes: 1) Leer el Mundo. Disponible: book.blogia.com
                    2) Don Quijote de La Mancha. Disponible: elpais.com
                    3) Alicia Martín. “Biografías”. Disponible en: webwebooks.com


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