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Literatura y comunicación

sábado, febrero 13, 2010

Cuidado con los diccionarios

Por Tomás Eloy Martínez

(Texto publicado originalmente en La Nación y tomado para esta edición En Memoria al reconocido periodista y escritor argentino Tomás Eloy Martínez, quien gracias a su obra, y lamentablemente a su muerte, ahora ocupará un espacio en los diccionarios de la literatura universal)






Casi todos los escritores, buenos y malos, afinan sus instrumentos con la ayuda de los diccionarios, y por lo general los primeros que se leen son los que nunca se olvidan.

Como ningún diccionario es inofensivo -así como ninguna palabra es inocente-, todos ellos delatan, por lo general, los prejuicios, los usos y las incertidumbres de la época en que se escriben. Quizás el mejor medio para conocer a una nación es lo que hace ella con su lenguaje.

Durante las tres o cuatro primeras décadas del siglo pasado, la mayoría de los diccionarios hispanos copiaba el de la Real Academia y éste, a su vez, no había mejorado mucho desde la primera edición del Diccionario de Autoridades, que data de 1732, en la que "negro" alude no sólo a las personas que carecen de "la blancura que corresponde", sino que también, en femenino, se aplica a las mujeres "que están en la cocina".

El Sol y la Tierra

En ese mismo diccionario, la definición de "día" no admite los descubrimientos de Copérnico y Galileo, y se sigue llamando así al "espacio de tiempo que el Sol gasta con el movimiento diurno, desde que sale de un meridiano hasta que vuelve al mismo, dando una vuelta entera a la Tierra". El mismo error fatal iba a cometer, dos siglos más tarde, María Moliner, la mejor hacedora de diccionarios que haya conocido la lengua española, quien murió en 1981 sin corregir el dislate, ahora reparado por sus herederos.

María Moliner tampoco quiso definir las que se conocen como malas palabras. Vivió la mitad de la vida en la España de Franco y sufrió casi de la misma ceguera religiosa. Hoy, en un país más moderno y abierto, no la aquejarían esos prejuicios.

El racismo que se advertía en el primer Diccionario de Autoridades sigue siendo, sin embargo, más difícil de quebrar.

Argentinos

Hace pocas semanas cayó en mis manos un laborioso tratado de los términos latinoamericanos a los que el uso ha teñido con prejuicios raciales y étnicos. El autor es Thomas M. Stephens, un lingüista de reputación internacional, que por fortuna trabaja en mi universidad, Rutgers, en una oficina que está a cinco pasos de la mía. Stephens lleva más de veinte años anotando cada movimiento peyorativo de las lenguas castellana y portuguesa en papeles o fichas sueltas, que luego ordena con la delicadeza de un buen cirujano.

Al parecer, no hay otro modo de hacer un buen diccionario que ejercitando la paciencia, el oído y confiando en la buena suerte. Las computadoras sirven para clasificar y purificar ese trabajo de locos, pero sólo cuando ya está hecho.

Stephens consiguió algunas definiciones sorprendentes, muchas de ellas donde menos lo esperaba. "Salto atrás", por ejemplo, es un término que se usa sólo en Venezuela, con intención siempre despectiva, para referirse a la persona de color más oscuro que el de sus padres.

Más curiosa aún es la definición de "argentino", que caracteriza a quienes tratan de mantenerse al margen de los problemas o no aceptan responsabilidad por ellos. Cuando le pregunté a Stephens si esa atribución de negligencia no se debería quizás a la costumbre, tan frecuente en Buenos Aires, de responder "soy argentino" para indicar "nada tengo que ver" o "soy inocente", me dijo que había oído la definición en varios lugares de la península de la Florida y aun entre empleados del Congreso, en Washington.

Su propio libro, cuyo título completo es "Dictionary of Latin American Racial and Ethnic Terminology", ayuda, sin embargo, a desentrañar el origen del vocablo. Viene de un diccionario de uruguayismos y, en efecto, es el derivado natural del comentario "¿Yo? ¡Argentino!", expresado tantas veces como una broma familiar y ahora convertido en acusación dañina.






Cabe temer que ni siquiera ese noble proyecto se libre de los prejuicios de raza y clase, que tantos estragos causan en las palabras. Los he encontrado hasta en el reciente "Diccionario del español actual", escrito por Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, que pasa por ser uno de los mejores.


Aunque los ejemplos que elige para los usos de cada vocablo son casi siempre irreprochables, de pronto se le escapan definiciones como las de "negro", que parecen tomadas de algún manual escrito por el doctor Goebbels: "Persona cuyos caracteres raciales son piel oscura, labios gruesos, nariz achatada, pelo negro y crespo y prognatismo". Tampoco a los puertorriqueños les va muy bien, porque la cita que los caracteriza menciona a "jóvenes drogadictos" de esa nacionalidad.

Otro sentido


Con frecuencia, el abuso de una palabra la convierte en otra cosa, como lo señaló el luminoso venezolano Simón Rodríguez, a quien sólo se conoce como maestro de Simón Bolívar pero que fue mucho más que eso: un ideólogo del lenguaje sólo comparable a Bello o a Sarmiento.


En 1828, Rodríguez escribió en "Sociedades americanas" que ciertos vocablos, como "libertad", malversados por el poder de turno, ya no querían decir lo mismo que en 1810, cuando las colonias españolas estaban en pleno alzamiento contra el imperio. Casi ninguna de las promesas de entonces había sido cumplida.


Casi todos los golpes militares de América latina se llamaron a sí mismos democráticos, como hizo el presidente venezolano Hugo Chávez con el que dio en 1992 contra Carlos Andrés Pérez. Muchos de quienes lo eligieron con todas las de la ley en 1999 hoy apoyarían a ciegas otro golpe de Estado que lo derribase, también en nombre de la democracia.


Los seres humanos matan o mueren a veces por ideas o vocablos que no para todos significan lo mismo.
Si los autores de diccionarios se detuvieran ante cada palabra para medir su fragilidad y prever las mudanzas a que estará sometida, tal vez jamás terminarían de escribir uno.


Un adjetivo o un verbo suelen contener más energía que un átomo de uranio, y eso se sabe sólo cuando estallan.


Fotos: El Universal/www.abc.es/www.rtve.es

viernes, enero 22, 2010

Las memorias de Carolina Lozada


Carolina Lozada (Valera, 1974). Narradora. Licenciada en Letras. Escribe y administra el blog de reseñas literarias 500 ejemplares. Ha publicado los libros Historias de mujeres y ciudades (2007), Memorias de azotea (2007) y uno de cine Cuadernos cineastas venezolanos: Luis Armando Roche (2008). En el 2005 ganó el I Certamen Internacional de Relato Breve. El País Literario (Madrid); en 2006 obtuvo el Premio Municipal de Narrativa “Oswaldo Trejo”; en 2007 el Premio de Narrativa Solar y dos ediciones del Certamen de Narrativa “Salvador Garmendia”.


Memorias de azotea es un libro de 26 cuentos que narran distintas historias de la práctica humana. Las historias son el recuerdo de Carolina Lozada vistas, posiblemente, en y desde la cubierta llana de su edificio: la azotea. Lugar que pareciera haber sido de confluencia social por un tiempo, y de evocación en otro, donde realmente convergen sus historias. De este libro ofrecemos a los lectores del Club el cuento “El Ocaso”, una remembranza familiar, personal, de tono poético escrito en prosa.

EL OCASO

Las faldas ventilan sus colores y mentiras en el balcón. Hombres cerúleos viajan desde alta mar para llenar mis bolsillos de cerillas apagadas. El mar está congestionado de mediodías y sandalias solitarias que adormecen en la orilla de la playa a la espera de sus dueñas olvidadizas. Y esta casa que sacude sus sábados al sol mientras el cable largo y oscuro cuelga indiferente en el techo quebradizo. Hay una moneda olvidada en el macetero de las dulces margaritas. El teléfono está aletargado por las llamadas sin respuestas. Las persianas a medio cerrar descubren los pensamientos olvidados, arrinconado en los pliegues de sus labios. El polvo pegado a las paredes cede junto a la caída del papel tapiz. El espejo del cuarto no es capaz de seguir soportando tantas mentiras juntas. Cae, se rompe en diez, en cien, en mil rostros que se observan entre sí y no se entienden. Hay una luz floja y asustadiza que quiere morir arrimada a las huellas de mis pasos. Las paredes revientan sus furias carniceras y la voz del buzón llama al cartero. Nadie responde y la casa comienza a desplomarse sobre sus años de espera y luces de domingo. Hay voces, ruidos, gritos y batallas. La botella cae desde la azotea y estalla en llamaradas ensordecedoras. Los pisos se levantan contra las paredes y su estruendoso galopar revienta mis tímpanos. Las sillas se desmayan en el piso, mientras las fotografías se esconden de sus rostros. Las cortinas vuelan desde las ventanas. Ya no hay pared, ni tapiz, ni corazón en las esquinas. El aspa del ventilador guillotina las esperanzas. El temor rompe mis piernas en grietas de hiedra venenosa, no hay manos que resistan los nervios infartados, ni amanecer que acepte la apuesta de seguir viviendo en un cuerpo mutilado.

Es tarde, el ocaso viene sobre las alas de aves cansadas. Viene lento, sin prisa, como quien sabe ser esperado. El mar se desnuda de vértigo para recibir a los suicidas sonámbulos. No hay oscuridad más deseable ni canto más seductor que la de ese viejo rascacielos submarino.

Despojada de memoria, recuerdos y angustia. Sin clóset, gavetas ni espaldar me subo a la azotea seguida por los pasos destruidos de la casa. Caen las lámparas, lloran los espejos, enmudecen los sillones, gritan las mesitas de noche en su viaje al olvido de la palabra. Arriba el aire me hace etérea y las flores de mi falda rocían mis piernas en oraciones. Abro los brazos, danzo con mis pies descalzos. El mar me mira y sonríe, soy bienvenida, abro las puertas de sus labios y me lanzo a su vacío.

En el balcón las faldas de colores ven caer desde la azotea, un cuerpo envuelto en hojas de sepia y cascarones de mandarinas.

viernes, enero 15, 2010

A propósito del Día del Maestro

El 15 de enero se celebra en Venezuela el Día del Maestro, el cual no queremos tomarlo como el Día de un empleado público, sino como el de un responsable en aplicar un modelo educativo para formar las generaciones de la sociedad venezolana. Por ello, no sólo es un día de descanso y júbilo para el maestro, sino de reflexión para la sociedad en general sobre nuestra realidad educativa y social.
Un estímulo para abordar dicha reflexión, puede ser el film La Clase, del director francés Laurente de Cantet. De ahí que felicitemos a todos los maestros recomendando, con la pluma de Fernanda Solórzano en
la edición de Agosto de Letras libres, una película que represente algunos de los problemas que afronta la comunidad educativa en el mundo.
La Clase, de Laurent Cantet
Por Fernanda Solórzano

De la clásica Al maestro, con cariño (James Clavell, 1967) a la ridícula Mentes peligrosas (John N. Smith, 1995), el género conocido como “drama de salón de clases” ha intentado ser una metáfora de los choques raciales, ideológicos y generacionales que, a una escala más grande, conforman esa sociedad. Ya se trate de un profesor negro (Sidney Poitier) en una escuela de majaderos blancos, o de una profesora blanca (Michelle Pfeiffer) en una escuela de vándalos negros, las fábulas de superación escolar usan de fondo las crisis en turno para luego resolver todo con un discurso idealista, de esos que en la realidad no bastan pero que hacen a la gente a llorar. La fórmula se repite: el maestro soporta insolencias, demuestra sabiduría, el grupo baja la guardia y aprende la verdadera lección: sea cual sea la materia, todo lo que se necesita es amor.


La clase, de Laurent Cantet, es una afortunada excepción. Basada en las memorias Entre les murs, de François Bégaudeau, describe las dinámicas dentro de un salón de clases, entre alumnos de distintas etnias, a lo largo de un año escolar. En la Francia de la vida real no pasa un día en que Nicolas Sarkozy no ponga sobre la mesa temas relacionados con la creación de una “nueva identidad”. El discurso se dirige no al francés sino al extranjero: habrá de eliminar todo signo visible de identidad cultural, deberá aprender el idioma y adoptar las costumbres francesas, y demostrar habilidades que lo hagan merecedor de una residencia legal.

Ganadora de la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes, La clase aborda el problema con la crudeza que el caso merece. A contracorriente del género, el mundo escolar que describe Cantet es rudo y anticlimático, frustrante y desesperanzado. Todo en el mejor sentido, sobre todo cuando uno imagina las formas tradicionales de llegar a una “solución”: el profesor reconoce la riqueza del multiculturalismo (y sale un hombre transformado) y/o los estudiantes reconocen las bondades del proyecto francés (y salen niños transformados). Nada de esto sucede en La clase. Se agradece, por principio, un apego elemental al principio de realidad.





Más allá de su honestidad, la ausencia de conclusiones fáciles es un rasgo de salud en medio de la bipolaridad con la que el cine francés aborda su cuestión social. Mientras películas como El odio (95), de Mathieu Kassovitz, describen al estado francés como abusivo y racista, títulos como Amélie (Jean-Pierre Jeunet, 2001) seducen al mundo con visiones ultraconservadoras de un país de valores y tradiciones añejas y libre, por así decirlo, de negritos en el arroz.



En La clase no sólo hay negros sino árabes, asiáticos y uno que otro parisino. Al frente de todos ellos, el maestro de lengua francesa (Bégaudeau, autor del libro y antes profesor de escuela) hace lo imposible por enseñar a su grupo las sutilezas del idioma. Todos saben –incluido él– que en el mundo que los espera pocas cosas son tan inútiles como el nombre de una conjugación verbal. Basta con que aprendan a darse a entender en francés. Al fondo de los insultos, sarcasmos y jaloneos, yace una verdad brutal: su paso por esa escuela es mera formalidad. Su futuro no va a depender de que distingan entre “subjuntivo” y “pretérito” sino de su disposición a ocupar huecos laborales, y a ser útiles a un país huésped que, a diferencia de ellos, tiene poco que perder.

Nada de esto la convierte en una película cínica. La ira de los alumnos tiene su contraparte en el desquiciamiento del profesor, y todo es tan verosímil que acaba por crearse un clima emocional. Quizá lo mejor de La clase sea el trabajo de caracterización: todos los personajes son interpretados por alumnos y maestros reales, provenientes de la misma escuela, que conservan sus nombres verdaderos pero juegan un rol ficticio. El director trabajó con ellos durante un año antes de filmar.

El último día del curso alumnos y profesores juegan un partido de futbol. Más que una reconciliación, es la prueba de que se ha cumplido el verdadero objetivo del programa escolar: encontrar formas de convivencia, y entender cómo encajan sus piezas en el gran rompecabezas social.