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viernes, marzo 18, 2011

LA POESÍA DE ANTONIO ROBLES: SABIDURÍA QUE ATRAVIESA EL FUEGO




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Por Maylen Sosa
Profesora de la UNEFM. Doctorada en Salamanca. Poeta.

La tierra y el agua asociados hacen versos,
un poema escrito con carne y más fuerte que
el acero y el granito. A través de la noche infinita,
la tierra gira hacia una creación desconocida...

Henry Miller


Existe una literatura que se ubica en los márgenes de lo literario, que surge en las fronteras del lenguaje, que se funda en la carne del hombre y busca ser un trozo más de lo humano, y no sólo un cuento o un poema. Pensamos en obras tan heterodoxas como las de Henry Miller, Walt Whitman, César Vallejo o Gustavo Pereira. La poesía de Antonio Robles pertenece a esta familia radical y profundamente transformadora.
Lo primero que impacta al leer la poesía de Antonio Robles es la manera magistral como logra conjuntar los opuestos más disímiles: actores de cine, personajes de comiquitas, jergas urbanas, lenguaje místico, ciudades de diferentes latitudes. El licuado poético entrelaza todos estos elementos en unos versos delirantes e irónicos.  No obstante, es posible observar algunas imágenes por donde se fuga el discurso, palabras intensivas que inician una línea de fuga hacia lo desconocido, por ejemplo la noción del desierto en Laberinto beduino: “En esas horas eternas en que la / claridad encandila y lloran los huesos / Descubrí el desierto perdido. / En esas horas eternas en que la / claridad extiende en el infinito / su forma de cadenas / Descubrí la imagen del beduino que / en círculo camina en el desierto.”
Podemos pensar que entre las diversas velocidades y lentitudes que componen esta poesía, el desierto enuncia también vastedad, lo sin número, y constituye un camino de soledad, que supone, tal vez, mirar a los ojos el desamparo: “el Sahara, aliento mortal del viento en el Magreb, / todo entró en mi barroco corazón con / sigilo de lágrima”.
La poesía de Antonio Robles nos aproxima a intuiciones, a sensaciones, y por supuesto, el espacio de la noche será la atmósfera natural de estos textos: oscuridad útero materno, pero también nido de locura y de violencia. Se trata de una literatura urbana, que canta en lenguaje profano a los dioses del mundo occidental: el dinero, los carros, los lujos, pero su palabra no será un refinado artefacto complaciente, todo lo contrario: “Un poema trinca es un alumbrado cuchillo de doble filo / cortará por el lado que se toque”, así, su palabra golpeará al lector por momentos, pero también establecerá cínicos juegos de humor negro: “Bienaventurados los pobres porque tendrán pasaje / gratis en el tren de los marginados”.
Asaltantes, mafiosos, luces de neón, autos veloces, pero también desiertos, guerras del siglo XX, Bruce Springsteen se mezclarán en un universo alucinante dentro del cual el sujeto poético ejecuta danzas mortales, experimentos espirituales, pero también políticos: “Cogerse a la hembra es un derecho natural (sólo en las inmediaciones del Ártico) / Aquí sobre la línea ecuatorial es un lujo / Propongo la misión “Hembras para todos”.
Con su extraño y nuevo lenguaje, Antonio Robles va creando un territorio inédito de visiones, va territorializando el mundo con la imaginería audaz y poderosa de quien se siente ciudadano del mundo, de quien no teme desplazarse por todas las dimensiones del espectro terrestre: “Aspiro a una sociedad extraña de ciencia ficción donde los gatos / negros son espíritus que rondan adheridos a mi piel predicando la / más rara y fraterna fé”.

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