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Literatura y comunicación

viernes, noviembre 19, 2010

Sobre niños perdidos, muchachos descarriados y chamos dañados

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Por Prosopon et Ius
“No sé por qué siempre se piensa mal de los traductores y sin embargo todos estamos de acuerdo en que la literatura rusa es admirable”, dice Jorge Luis Borges, quien —por cierto— también era traductor. Pero es verdad: no es fácil traducir.
En Tres Tristes Tigres, una brillante novela habanera de Guillermo Cabrera Infante, aparece una historia intercalada que puede llamarse ‘La historia del bastón’, aunque el capítulo se entitula ‘Los visitantes’. La historia en sí es banal; no obstante, Cabrera Infante la cuenta cuatro veces de modo distinto. Dos veces leemos el relato en las palabras de un tal señor Campbell, un turista gringo en Cuba, y dos veces su esposa le corrige.
Las cuatro veces que se cuenta la historia, ésta se nos presenta como una traducción castellana de un original (inexistente) en inglés. La primera vez que el matrimonio Campbell echa el cuento, se trata de una traducción intercultural, de una cultura a otra: el lenguaje fluye, y todos los juegos de palabras en inglés, todas las referencias a la cultura norteamericana desaparecen. El traductor hace una versión limpia y agradable para el lector de lengua española.
En cambio, los otros dos textos se manifiestan como textos feos e inacabados: hay notas al pie de la página diciendo que no se puede traducir lo que dice el original, hay un montón de anglicismos, hay frases traducidas tan literalmente que ya no se entiende la estructura gramatical en español etc. Es una traducción intracultural: se queda dentro de la cultura gringa del original.
Poeta y malandro
Claro que no existen traducciones perfectas —y menos de textos literarios. Cabrera Infante nos muestra dos extremos, y ninguno de los dos logra satisfacernos. O bien perdemos la gracia y las ambigüedades del original, o bien nos vemos confrontados con un texto torpe, cicatrizado visiblemente por el acto de la traducción.
Por lo tanto, quizá sea lo más sensato pensar en una traducción intermedia: intracultural cuando es posible, intercultural si es necesario.
Un buen ejemplo es la traducción hecha por Danielle Triay, profesora de la ULA, a partir de la poesía de François Villon, un poeta-malandro francés del siglo XV. No cabe duda que el contexto en que vivía Villon no tiene mucho que ver con la Venezuela del siglo XXI. Sin embargo, Triay tradujo unas baladas del poeta francés para el espectáculo “La Balada de los Ahorcados”, del grupo teatral merideño, Prosopon et Ius. No podía ser una traducción torpe, con notas al pie de página, pero tampoco tendría sentido interpretar la poesía sin las características específicas del texto original: los chistes, las referencias, etc.
Respetar el registro
Entonces, se hizo una traducción inter- e intracultural a la vez. Veamos un poema más de cerca, por ejemplo Belle leçon aux enfants perdus —literalmente: Una bella lección a los niños perdidos. El español Rubén Abel Reches traduce el título como Lección de cordura a los muchachos descarriados, Danielle Triay habla de una Lección útil para chamos dañados. Es evidente que en el caso de esta última se trata de una traducción intercultural: Triay buscó la manera más apta para describir lo que son los ‘niños perdidos’ en Venezuela hoy en día, y escogió la fórmula ‘chamos dañados’. La versión de Abel Reches es interesante, porque tampoco es una traducción literal del francés y sin embargo dista mucho de la versión de Triay; más bien, el español traduce el poema de Villon a un lenguaje muy formal, distanciándose así del original, que hace seis siglos debe de haber sido fluido y hasta coloquial.
O sea: los dos traductores hicieron una versión intercultural del título francés, pero Triay consigue un resultado más equilibrado por respetar el registro del original.
El camino del lector
Sigamos la lectura. En Abel Reches, la primera estrofa del poema suena así:
Perdéis, muchachos, la más bella
rosa que hay en vuestro sombrero;
si marcháis para Montpipeau,
clérigos de veloces dedos,
o a Ruel, cuidad vuestra cabeza:
pues por irse a los lados esos
y creer en apelaciones
la perdió Cayeux el cerrajero.
Aparte del uso de ‘vosotros’, llama la atención la sintaxis del texto: el orden de las palabras es inusual en español y pretende elevar el poema a un nivel más ‘literario’. Eso no se consigue, porque el lenguaje pone demasiados obstáculos en el camino del lector.
Triay lo dice de la siguiente manera:
Muchachos, la más bella rosa
De su sombrero van a perder,
Escribientes de dedos pegajosos.
Si van a Montpipeau,
o a Ruel, cuiden su pescuezo:
Ya que por andar por esos lados
Y creer en apelaciones perdió
la cabeza Colin de Cayeux.
Se nota de una vez la fluidez de la traducción. Generalmente, eso quiere decir que la traducción dista más del original, pero no necesariamente es así. Por ejemplo, en el último verso, Triay guarda el nombre del infeliz Colin de Cayeux, mientras que Abel Reches trata de hacerlo más inteligible (y aprovecha para sacar una rima): ‘Cayeux el cerrajero’. Empero, para el buen entendimiento de la idea, no es necesario en absoluto saber algo sobre el tal Colin. Lo que debemos saber es lo que dice: Colin perdió la cabeza. Su persona por lo demás no nos interesa.
Ahora, Abel Reches sí explicita un dato redundante (‘el cerrajero’, que hasta resulta inventado), pero oculta esa simple idea que nos transmite el poeta: por la falta de repetición de ‘la cabeza’, no está muy claro en una primera lectura qué fue lo que perdió Colin en el último verso. Parece que el traductor español, por buen lingüista que sea, dos veces tomó una decisión dudable en su traducción. Convirtió el poema en un texto denso, algo que hay que estudiar, en vez de una balada que habla directamente al corazón. Danielle Triay sí logra un efecto inmediato y profundo.
Traducir no es fácil, pero es posible.
Prosopon et Ius representará “La Balada de los Ahorcados” de François Villon este sábado 20 de noviembre a las 7 pm en la Sala Junín, calle 31 entre avenidas 2 y 3.

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